Tres veces por semana
lunes 1 de enero de 2007
Una brisa fuerte le alborotó el pelo. Haciendo un pequeño ruido con la boca se ajustó el abrigo al cuerpo. Se abrazó a él y apresuraron el paso. La noche estaba cada vez más fría. Levantó su cara hacia él. Vio su perfil. No era un hombre hermoso, pero su rostro transmitía fuerza y una extraña serenidad que a veces la hacía sentir un poco incómoda, aunque reconocía que le daba seguridad. Hacia nueve años ya de su primer encuentro. Fue un atardecer de un jueves de junio, en una cafetería en la que él leía el periódico y tomaba café y en la que ella buscaba una mesa disponible para terminar de llenar un crucigrama que había empezado en el autobús del transporte público. El le cedió una silla y le ayudó a terminar aquel juego de palabras. Así iniciaron un ritual que no abandonarían nunca, el de llenar juntos los crucigramas del periódico de los jueves. Esa también fue la primera de muchas cosas que ambos supieron que tenían en común. En aquella primera conversación surgieron las demás: la bossa nova, las películas de Woody Allen, los libros de Cortázar y dormir hasta bien entrada la mañana. A medida que fueron pasando los años muchas otras cosas en común les ayudó a llevar el peso de los días. No haber profesado nunca religión alguna les ayudó a ponerse de acuerdo en educar a su hijo en una escuela totalmente laica, preferir las cervezas antes que el vino les hacía más confortables las noches en que se escabullían en algun bar, las películas de dramas antes que las de acción y la comida asiática antes que ninguna otra les ahorró mucho tiempo frente a cines y centros comerciales. Sin embargo, no todo había sido fácil junto a él, aunque tampoco había sido infeliz. Se apretó más a su cuerpo, y él, con su mano izquierda, acaricio su pequeña cara, que a aquella hora ya no tenía rastros del maquillaje que con tanto esmero colocó en su rostro antes de salir de casa. El frió arreciaba. Ella pasó los dedos por el anillo que llevaba en el anular izquierdo y volvió a levantar su cara hacia él. Se acordó del día en que nació el bebe. Su rostro estaba más duro que de costumbre. El negro de sus ojos, más intenso. Sentía mucho dolor, pero aún así le preguntaba si él siempre estaría a su lado. Y como lo había dicho en la primera navidad que pasaron juntos, y en las vacaciones en Cancún, y en aquel viaje que los llevó por Roma, y en esas tardes en que a ella le asaltaba la inseguridad y le llamaba al trabajo sólo para oír su voz, él respondió: “siempre estaremos juntos”. La llegada del bebe alteró sus vidas. Ahora tenían que compartir el tiempo con esa personita que cada día se parecía más a ella y menos a él. El empezó a trabajar más en casa y menos en la oficina. Así ganaba tiempo para estar con ellos. En compensación, ella dejó de fumar. También había renunciado a otras cosas. Desde que lo conoció salía menos con sus amigos, visitaba poco la ciudad donde vivían sus padres. Él, a cambio, la apoyó en su carrera. A esta altura del camino ya habían alcanzado la pequeña tienda de curiosidades donde adquirieron el viejo librero donde ella guardaba los libros y revistas que él le traía de sus viajes al exterior y el disco de pasta de Donna Summer que nunca escuchaban pero que ella contaba entre sus pertenencias de más valor. Se detuvieron frente a la tienda de curiosidades y volvieron a reírse, como lo hicieron en la tarde, del pequeño payaso que trataba de hacer equilibrio sobre una bicicleta y con ambos manos alzaba sobre su cabeza una vieja sombrilla rota y lloraba con la cara “más llorona” que ella había visto. Alcanzaron el salón de billar, pasaron delante del Café de Luis y dejaron atrás los cines, los moteles y los bares de una de las calles más sórdida de la ciudad. Y como cada tres veces por semana, en la esquina del Bar de Lucas, el viejo dependiente del lugar, mientras recogía los vestigios de los últimos clientes, vio despedirse a una pareja que con un abrazo fugaz y una voz que era casi un susurro se decían “hasta pasado mañana” sin volver la vista atrás.
4 comentarios:
Hola Marie. Por lo visto ppudiste cambiar el "continua leyendo " por otra frase. Felicitaciones.
Te sigo esperando por mi Blog cuando quieras. Saludos
Oye jeva, no sé si te lo he dicho y si es así te lo repito, a veces siento envidia de la buena por la pluma que tienes. Espero que algún día te decidas y hagas una recopilación de tus escritos a escondidas para que más personas en el mundo se deleiten. Estoy segura que más personas comparten esta idea conmigo.
Me agrada tu narrativa, es agradable y de facir lectura. muestra como una persona ve a otra en el mundo del dia a dia.
Son muy marcadas tus influencias Cortazianas, las transiciones, el aire cosmopolita.
"Ella pasó los dedos por el anillo que llevaba en el anular izquierdo y volvió a levantar su cara hacia él"
Después de leerlos unas cuantas veces, puedo deducir que ambos están casados, y que ellos no son marido y mujer. Tres veces por semanas es su única opción.
Me gustó bastante, te felicito, llegué aquí a través del blog de tu viejo amigo Cantalicio.
Te cuidas.
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