La cena
martes 27 de marzo de 2007
Levantando tu copa llamas la atención de los invitados y anuncias un brindis, un brindis por tu tercer embarazo. Y mientras haces repicar delicadamente la pequeña cuchara en la copa me dedicas una sonrisa de benevolencia que acepto con un asentimiento de cabeza.
Sé muy bien qué significa esa sonrisa. Significa un “no te preocupes, pronto será tu turno”.
Aquí estamos. En medio de viejos amigos y tú en el centro, deslumbrante, maquillada y vestida como sólo tú sabes hacerlo, apoyando tu mano izquierda en el vientre y llevando hasta el rostro de Carlos la derecha, con una sonrisa perfecta en tus labios.
Siempre sonreíste así, Esther, desde que estábamos en la escuela y tenías que explicar la clase y con tus delicadas manos dibujabas mapas imaginarios en los que te perdías hablando de la geografía nacional e inclinabas tu cara hacia la profesora y sonreías. Sonreías para calmar tus nervios, porque en realidad te estabas muriendo allí parada, delante de todos, de la vergüenza.
Pero nadie lo notaba, ni siquiera yo. Me enteraba luego, cuando en el baño me agarrabas las dos manos y te las llevabas al estómago y me decías “ahí, ahí era que sentía ese frío extraño que por poco hace que se me olvide toda la clase”.
Esa sonrisa, que creaste para disipar los nervios, fue la que enamoró a todos los galanes de la escuela, a los muchachos que todas deseábamos. Incluso a Ernesto, sí, incluso también a él. Tus armas eran tu sonrisa y tu pelo. Ese mismo pelo que ahora envuelves en la punta con tus dos manos y tiras a tu espalda mientras te sientas de nuevo.
Complacida, miras como la sirvienta sirve el primer plato y dices “tiene crema agria, la preparé yo misma, al igual que toda la cena de esta noche”. Recibes las felicitaciones como un niño recibe los caramelos, con un entusiasmo que parece no morir nunca.
El sonido de los cubiertos trae a mi memoria aquella cena con la que nuestras familias celebraron nuestra graduación de bachillerato. Empezábamos la vida adulta, pronto iríamos a la universidad, tendríamos novios, nos casaríamos. Los consejos llovían sobre nosotras. Una semana después sorprendiste a todos con el anuncio de que no irías a la universidad, de que preferías quedarte en el pueblo, trabajando con tu padre en el negocio de la familia.
“Es muy buena hija, no quiere dejar a su padre viudo solo. Los demás hermanos viven todos en la capital”, decía la gente.
Y también decían: “han estado juntas toda la vida, seguro que ella tampoco querrá seguir los estudios”.
Pero no pasó así. Me matriculé en la universidad para estudiar Artes y empecé un largo camino que dividió nuestras vidas pero no nos separó.
Nunca entendí tu decisión de no seguir los estudios, tampoco tu explicación. “Yo lo que quiero es casarme y no creo que para eso haya que estudiar”. Y entonces me clavaste un frío puñal en el alma. “Ernesto me pidió que fuera su novia, pero no lo acepté”. Y no supe si mi dolor fue por las intenciones de Ernesto o por tu rechazo hacia él.
Tu risa llena toda la sala, Esther, se esparce por los pasillos y llega hasta las demás habitaciones de la casa. Hago un esfuerzo enorme para sacar de tu habitación esa hermosa risa, porque sin querer he pensado en lo que me confesaste hace un par de semanas, llorando, casi sin poder hablar. Tuve que obligarte para que me contaras lo que te pasaba. Entonces destapaste la cajita de pandora. De golpe me contaste el lado oscuro de tus diez años de matrimonio. Y me dejaste sin palabras. “Pero, pero ¿cómo ha pasado todo esto? ¿Cómo nadie nunca se enteró?”.
Porque vives lejos Esther, y puedes ocultar tus moratones de todos sin ni siquiera usar grandes gafas o pañuelos porque simplemente avisas a la familia y a los amigos que no podrás ir a la capital ni tampoco al pueblo, que te quedarás aquí, en este lugar que siempre me ha parecido tan horrible. Y para que nadie intente visitarte agregas “es que tengo muchas cosas que hacer, estoy muy ocupada”.
Ahora ese rostro hermoso y que Carlos golpea sin contemplación también le sonríe a él. Al hombre al que te mantienen atada no dos sino tres criaturas. Por eso me pasmó el anuncio que hiciste de tu nuevo embarazo y ahora me doy cuenta de que tu sonrisa no era de benevolencia sino de resignación. Pero tú sigues llevando adelante todo esto que has preparado para anunciar tu tercer embarazo como sigues llevando adelante tu matrimonio.
Tus hijos siempre han sido importantes para ti, por eso nunca has entendido que yo aún no tenga los míos. Usas palabras fuertes para referirte a mi decisión de postergarlos. Y cuando los motivos sociales se te acaban echas manos de los fisiológicos y me dejas prácticamente convertida en un monstruo inhumano por no tener aún mi propia familia.
“Los hijos son lo más importante, lo son todo” dices, con una voz que por rato no puedo reconocer, llenas de matices extraños para mí, para mí, que te conozco de toda la vida.
¿Pasa algo? te pregunté muchas veces, pero tú siempre sonreías y pronunciabas un rotundo no, acompañando de un “si pasara algo tú fueras la primera en saberlo”.
Ahora es Carlos quien habla. Elogia tu buena mano para la cocina y te besa delicadamente en la mejilla.
“Maldito perro”, pienso, y agradezco que en mi boca se deshace un trozo de pan que retiene mis ganas de gritar delante de todos lo que es realmente, lo que se esconde detrás de él.
“Tu buena mano para la cocina”. ¿Es que tus manos sólo son buenas para la cocina, para cuidar dos hijos y un esposo déspota que ni siquiera te permitió estudiar?
“Me dijo que no, que no es buena idea dejar a la bebé tan chiquita sola con la gente del servicio. Y es verdad, mi lugar está con mi hija, no quiero que nada ni nadie le haga daño”.
Así de fácil despachaste tus deseos de ir a la universidad cuando viniste a vivir a este lugar que no es ni campo ni ciudad, sólo un punto muerto cerca de la capital, donde tu esposo te construyó una casa grande y llena de lujos, sí, llena de lujos, pero donde tu pelo ha encanecido prematuramente y tu voz va perdiendo alegría.
Busco en el rostro de Carlos los vestigios del joven que me presentaste en mi tercer verano en la universidad, del ingeniero recién graduado que se dejó atrapar de la linda pueblerina que rechazó a todo el mundo y se mantuvo firme hasta encontrar el hombre con el que había soñado.
Tu padre puso el grito en el cielo cuando se declaró el noviazgo y se anunció la boda. “La acepta porque estoy embarazada”, me dijiste entre llantos.
Fue en tu boda donde me reencontré con Ernesto, a quien se le había pasado su enamoramiento por ti y andaba ahora con su novia de la capital. A mi se me heló el alma cuando lo vi y tú me miraste abriendo mucho los ojos, moviendo tu rostro de la cara de Ernesto hacia la mía y me dijiste “no, este no, por Dios”.
Entonces vinieron tus discursos sobre la importancia de casarse con un buen hombre, como lo hacías tú esa noche con Carlos. Y yo me encogía de hombros preguntándote “pero ¿qué tiene él?” y tú contestaste muy seria “que no se ha graduado y tiene novia”.
Fin de la historia. Por lo menos para ti. Porque para mí nunca ha tenido final, ni siquiera en los momentos más desesperantes de mi vida.
Has indicado a la sirvienta que traiga el plato fuerte y por primera vez en la noche me doy cuenta que estás usando el collar de perlas que te regalé cuando cumpliste 25 años, pero un ligero temblor bajo mi pecho hace que retire mis mirada. De repente no soporto el resplandor de las perlas, que brillan en tu cuello como brillaba la luna en el cielo aquella noche en que te conté que estaba embarazada y tú casi te pones a brincar como una niña de la felicidad. Tuve que reunir muchas fuerzas para decirte que Ernesto no quería este hijo. Y durante tres meses no me hablaste, no me dirigiste ni una sola palabra.
Tuve que caer en cama diagnosticada de agotamiento físico que en realidad era una gran depresión que me hizo recorrer la ciudad buscando el mejor sitio para acabar con toda esta falsa para que tú volvieras a mi lado, llorando mucho y diciéndome que ya habría otras oportunidades.
Con una maestría que nunca he entendido donde adquiriste, tú que nunca saliste del pueblo sino para venir a este horrible lugar, mantienes a los invitados entretenidos, no has dejado morir la conversación ni has descuidado la cena. Sirves el postre tú misma, dejando caer sobre todos esa risa estruendosa.
“No pude evitarlo” me dices entre susurros cuando pasas a mi lado. Te refieres a Ernesto. Por esos movimientos azarosos de la vida ahora él trabaja con tu esposo y Carlos te insistió en que lo invitaras.
Terminas de servir el postre, te sientas y miras a todos con tu sonrisa perfecta y me pregunto si en este momento también estás nerviosa, me pregunto por qué quieres tranquilizarte.
“Has probado con pastillas para dormir, a mi me funcionan”.
“No, tengo miedo de que una noche se me vaya la mano y termine con más de la cuenta en mi estómago”.
“Ay, amiga”-adoptas ese tono maternal que aprendiste tan rápido que me parece que estuvo contigo desde que naciste- “algún día, algún día, todo esto acabará, ya verás”.
“¿Tú lo has olvidado, Esther? ¿Lograste olvidar esas tardes horribles en el pueblo?”.
“No, no las he olvidado, pero ahora tengo otras tardes horribles que no me dejan pensar en aquellas. Pero no hablemos de mí. Vamos, cuéntame ¿otra vez tienes esas horribles pesadillas?”.
Yo contesto moviendo la cabeza y con ternura besas las cicatrices que quedaron en mi cuerpo como prueba de que el amor también puede herir.
“¿Cómo pudo tu mamá hacerte estas cosas?”.
No me lo preguntas a mí, te lo preguntas a ti misma y vuelves a abrazarme como lo hacías en esos días en que yo llegaba jadeando a tu casa, sudando, mientras dejaba a papá en casa tratando de calmar a Lucia que otra vez había caído presa de esos ataques de nervios que la hacían destruir todo lo que estuviera cerca de ella, no importara qué o quién fuera.
La noche termina y todos nos preparamos para partir. Comienzan las despedidas, los agradecimientos. Te digo un hasta pronto pero tú me detienes apretando fuerte mis manos, clavando tus uñas en ellas, como lo hiciste la noche en que te casaste, como lo hacías también cuando aún siendo niñas yo me marchaba de tu casa después de una tarde de juego y te dejaba sola con tu padre, en un gesto que me llegaba hasta alma y que en tu mundo significa “sálvame, no me dejes sola con mi verdugo”.
Y miro a mi alrededor buscando la forma de salvarte, buscando la forma de salvarnos, y los brazos de Ernesto abrazando a su esposa me empujan a mi abismo y me hacen comprender que esta noche tampoco tendré fuerzas para sacarte del infierno, amiga mía.
11 comentarios:
Recomiendo a cualquier internauta que aproveche a leer esto detenidamente, en una considerable, les recomiendo de madrugada... pues es mucho mejor.
Divino escrito amor, genial.
Sólo hay una cosa que le da más alegría a mi corazón que escribir algo, y es que ese algo le guste a una persona. Tu comentario justifica las noches que le dediqué a este relato. Muchas gracias por tu comentario y regresas cuando quieras a este mundo, al que te doy la bienvenida.
Es triste, pero muy bien escrito.
Me alegra haber pasado por aquí.
Saludos
Es difícil sacar del infierno a alguien. Si además se resiste ...
Buen relato. Generoso y amargo a la vez.
Besos
P.S. Desde que salí de casa de mis padres no había encontrado a casi nadie que le gustara Katherine Mansfield. Bien por tí.
Hola alnitak, a mi también me alegra que le hayas dededicado unos minutos a este relato. Gracias por tu visita.
Hola spadelosviernes. A Katherine Mansfield la conocí a través de una antología de cuentos y me dediqué a buscar sus escritos en Internet y simplemente me enamoré de esta escritora, es fascinante. Mientras más leo sus cuentos y sobre ella más me gusta. Tú eres la primera persona que "conozco" que también le gusta esta escritora. Ya no me siento tan sola.
te digo y te repito, me encantaria contar contigo en el circulo d electura. Si mal no recuerdo, etamos en msn, por si acaso agrega,e y dime cual es tu blog, q tengo una arroz con mango en la cabeza. aylan_perez@hotmail.com
Este cuento, tuve q imprimirlo para disfrutarlo como es debido. aca te ire poniendo cada sentimiento q nacio en cada parrafo q lei.
pararafo 1:
Cuanta magica naturalidad en el inicio del cuento, tu tecnica me engancho desde el inicio.
P2:
Me siento flotar en el tiempo, por la forma en que me llevas.
P3 y 4:
en tan poco tiempo ya has dado un perfil, una idea de la personalidad del q esta narrando.
5to:
maravillosa forma de escribir. Waooo es mujer, crei q era hombre, la narradora.
6to:
increible, parece una pelicula. Siento los sentimeintos en el aire.
10mo:
toda una vida en un cuento, eso es magia.
11vo.
Coño, Coño, Coño. vas manejando la historia como una maestra (el coño es admiracion)
12vo:
destapaste la bomba que lleno de intensidad el cuento.
13vo:
Qu efuerte golpe. pra que se ponga en manifieste la coincidencias y ls ironias del Seht
14 avo:
este parrafo es genial.
15vo:
la verdad es q manejas el tema de manera magnifica.
19vo:
las consecuencias del aparental, de la falsa, loas meustras de una manera maravillosa
20vo:
increible y crudamente real.
22vo:
oye esto es puro karma, es magnifico,las apariencias hacen mas que engañar. q manera de ir dotando al lector de la informacion a tu antojo.
24vo:
El dia mas fuerte es el dia en que te arepientes. maravilloso.
25vo:
la perfecta escusa, que manera de mostrarla, eres guinista.
26:
Mierdaaaaaaaaaa!!!!!!!! coño!!!!!!!!!!!! increible, magnifica, barbara, te pasaste, waoooo inreible. q manera de entrelazar la historia, la vida.
27:
de que manera has dicho, con la misma vara que midas, seras medido. excelente.
36:
coño, cunatas vainas en un cuento, magnifico.
37-41:
Tambien eso, barbara!!!!!! reubniste las peores tragedias del mundo. Es un grito claro para que en ellas no caigamos.
Excelente cuento!!!!!!!!!!!!!!!
Aylan, no sabes cuanto me alegra que te haya gustado este cuento. Escribo por necesidad (de sentir que estoy viva, de que estoy haciendo algo que realmente me gusta y me hace sentir bien conmigo) y por muchísimas otras razones que ya tendremos tiempo de hablar (espero no haberme perdido la segunda reunión).
Abrazos.
Yo, además de repetir que admiro la forma con que escribes tus cuentos, te repito que espero algún día ver en las estanterías de las librerías un libro de tu autoría. Trabaja esa meta.
Hola Marie,
Además del tiempo y la pasión dedicados aquí, admiro tu valentía de enfrentarte a un público infinito, que puede ser un verdugo también. Me atrapaste en la primera línea y aunque supuestamente estoy "trabajando" quedé absorta por unos minutos hasta que terminé de leer el relato completo.
Me gustó mucho, dale rienda sueltas a tu necesidad de escribir, yo la comparto y la entiendo.
Un abrazo,
Dania
Inmenso placer conocerte :-)
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