Soledad

jueves 28 de junio de 2007

A veces tengo la certeza de que nunca seré feliz. Sobre todo en momentos como este, rodeada de tanta gente, muchas de ellas que conozco y a los que llamo y se hacen llamar mis amigos, y sintiéndome tan sola.
Este sentimiento de soledad me ha acompañado en otros lugares, en casi todos los lugares. No recuerdo un solo día en que no haya sentido aunque sea por un instante esta sensación de abandono.
A veces, sin embargo, he logrado conectar con gente, con cosas, y creer que sí, que he encontrado a alguien, que he encontrado algo. Pero sólo son sensaciones pasajeras.
Por eso no me extraña volver a sentir tanto vacío también ahora. Trato de concentrarme en la música, de dejarme llevar por el sonido, pero soy más fuerte que mis deseos y no lo consigo.
Todo a mí alrededor es confuso. El humo de los cigarrillos lo ocupa y llena todo. Extiendo mi mano sólo para ver como traspasa la densa atmosfera y por un momento siento como si una pared la detuviera, para luego ver como poco a poco se abre camino y se va, se va lejos, muy lejos. Recupero mi mano. La miro, miro mis largos dedos. Pienso en tantas cosas. Un empujón me regresa a la fiesta y oigo un “perdona” que se aleja.
Me dedico a contar las falditas que dan vueltas al compás de la música. Cuento también los cigarrillos que atraviesan la sala, las copas que se mueven de una esquina a otra.
Alguien me invita a bailar pero digo que no sólo para arrepentirme después y sentir que sí, que tengo muchas ganas de bailar. Pero ya es tarde porque ya no hay nadie que pregunte si quiero bailar.
Me voy hasta el otro extremo de la habitación. Hasta mí llega la brisa que entra al apartamento y eso me levanta el ánimo. Me engaño por un momento y creo que estoy bien, que estoy disfrutando la noche. Logro engañarme tanto que me siento con ánimo de hablar y aprovecho que alguien se acerca.
-Hola. Está buena la fiesta ¿verdad?
Una risita se mueve en una cara grande, gorda y roja, y se aleja al otro extremo de la habitación, donde se juntan con otras risitas.
Miro mis zapatos, no sé por qué, pero los miro. Me quedo pensando estúpidamente en que si hubiera venido con los altos, los blancos, los de tacón fino, quizás estaría bailando. Pero es un pensamiento estúpido, no creo que mis zapatos sean los responsable de tanta soledad.
Un impulso extraño me lleva a buscar en mi vestuario la causa de que me sienta tan sola esta noche pero lo abandono casi inmediatamente. Entonces me quedo un rato sin pensar nada, o creyendo que no pienso nada, y me sorprendo a mi misma en ese momento, y me pregunto cuánto tiempo habré estado así. Y miro a mí alrededor, preguntándome si alguien se habrá dado cuenta que estuve un momento como idiota mirando el piso.
Mi trago se ha terminado. Me levanto, tropiezo con la gente que baila y sigo, sin detenerme, hasta el rincón que han convertido en bar.
¿Por qué diablos me sentiré así? ¿Por qué diablos creo que puedo encontrar refugio en este maldito lugar? Reviso mis palabras ¿he dicho refugio? Si que tengo que estar loca, ¿refugio? ¿Por qué me llegan palabras de este tipo a la cabeza? ¿Por qué demonios la palabras no me llegan cuando las necesito? ¿Por qué me llegan justo en una habitación llena de gente estúpida, borracha?
Veo mi vaso y decido que estoy bebiendo muy rápido. Pero no me importa. Busco otro trago. Le digo al chico del bar: “lo mismo, pero más fuerte”.
Escucho una voz melosa que me pregunta si no creo que tomo demasiado. Sonrío. Dejo salir un no. Entonces vomitamos los diálogos repetidos. Y empiezo a ver las luces del techo como si fueran estrellas. Y siento manos que agarran fuerte mi cintura, que me mantienen en este mundo como si fueran un ancla. Oigo ruidos. Ruidos de sonrisas, de hielos chocando contra dientes, de líquidos bajando por las gargantas, de lenguas que se encuentran con otras lenguas, ruido de gente que se desea.
Y ya no veo más que un pasillo que se alarga a mis pies, con puertas que se estiran hasta el infinito. Entro en una habitación. Me siento en la cama y dejo que todo el peso de mi cuerpo me tumbe y siento sobre mí otro cuerpo, con tanto miedo como el mío, que se deja tumbar mecánicamente.
Me siento mareada, muy mareada. Necesito aire y me acerco a la ventana. La abro. Un viento frio entra de golpe en la habitación y hace estremecer el cuerpo que yace en la cama y decido que tampoco de esto me arrepentiré mucho antes de no empezar a sentir el arrepentimiento.
Me visto y olfateo la música, me dirijo hacia ella. Busco caras conocidas. Me falta un trago. Esta vez pido una cerveza. Una amiga me agarra por el brazo y me lleva a un rincón de la sala. Yo pienso “aquí vamos de nuevo”. Comienza a contarme lo bien que le va a la hermana de su amiga, de los planes de la familia de su amiga y de repente siento una ligera pena en mi estómago por esta amiga que vive la vida de su amiga y sin querer vomito todo, la cerveza y todos los cuba libre que me había tomado y pienso “maldita sea, ahora cada vez que vomite tendré que acordarme de ti ¿Por qué coño quieres joderme hasta los vómitos”.
No sé como pero llego hasta la cocina. “Bienvenida”. La palabra cae sobre mis hombros como si la hubieran arrojado desde el techo. Antes de querer darme cuenta ya sé de quien es esa sobria voz, la única que no ha sucumbido al alcohol.
“También viniste” sólo puedo decirle. Y esa vocecita que se resiste a unirse a la manada me invita a sentarme a su lado y a recostar la cabeza en sus piernas. Así recostada me mareo más, pero agarrarme a sus piernas hace que me sienta bien. Eso y también la brisa fría que entra silenciosa, callada, y que sigue de largo, sin detenerse, sin mirarnos.
-¿Te has dado cuenta?- me dice la voz.
-Si, me he dado cuenta.
Por un rato estamos en silencio. Nadie dice nada. Sólo la brisa deja un leve murmullo que se entremezcla con la música.
-¿Quieres cantar?
-¿Cantar?
-Si, cantar.
Y susurra en mis oídos esa canción que tanto me gusta y empiezo a sonreír y luego me río con verdaderas ganas.
Pero la canción tiene final. Y me quedo sola, ya no hay nadie a mí alrededor. Atravieso la sala, llego hasta el balcón. Y siento ganas de llorar. Decido llorar. Aprovecho la soledad del balcón para hacerlo. Siento la brisa suave y fría de la madrugada que se aleja. Veo las ramas de los árboles moverse lentamente, las luces de los vehículos que desafían la oscuridad, oigo sirenas a los lejos. Y siento las primeras lágrimas recorrer mi rostro. Y no sé por qué lloro. Y por mi cabeza pasan tantas cosas. Y mis manos agarran fuerte el hierro frio que protege el balcón hasta que sienten dolor. Sigo llorando, hasta que me doy cuenta que lloro porque me siento sola, plenamente sola.

4 comentarios:

Silvia García dijo...

Me ha encantado el relato, como plasmas la realidad para muchas personas que es su soledad, en la escena del balcón yo añadiría algo aun más dramático como colofón, por ejemplo que sienta lo que llaman "la llamada del vacio" y que luche con sus miedos a morir sola tirandose desde ese balcon, hasta que desista de fantasear con su muerte y se rinda a la cruda realidad de su soledad.

Narciso y Goldmundo dijo...

Hola, buen día

Te invitamos a conocer nuestro blog de literatura: http://www.narcisoygoldmundo.blogspot.com/

Un saludo y muchas gracias por el espacio,
Narciso y Goldmundo

Frankelly dijo...

ey a lo primero pensaba que era un caso leve de soledad pero al pasar los parrafos me fue dando mas miedo,¿entonces por que estas asi tan sola? ,¿acaso eres fea?,¿timida?,la vida es muy hermosa y mas si encuentras a una persona que te quiera,no es imposible,aqui tienes un ejemplo de eso que pasaste pero rayos no tan terrorifico(sin ofender),osea soledad sana, diciendome¿coño por que nadie me quiere? ja ja ja yo era el problema y era que yo no hacia el ezfuerzo de buscar a alguien.

na creo que escribi mucho bye.

Ana (...) dijo...

Detallaste muy bien lo chungo que es sentirse un@ sol@ estando sin embargo rodead@ de gente, es un cúmulo de sensaciones y todas malísimas.
Vine de blogueratura y comencé a leer de forma que se iban sucediendo las líneas incapaz de separarme de tu texto. Me llegó y ahora salgo de aquí un poco tocada y sé que después, ya en el metro, me cruzaré con caras que no voy a volver a ver en la vida y recordaré partes de este texto. Un abrazo.

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