sábado 24 de noviembre de 2007

Hoy, mientras ponía color en mis párpados, he osado preguntarle al espejo por qué. Pero no me contestó. Intenté hablar con mis manos, con mis uñas, con mis cejas, pero fue en vano. Todo lo que escuché fue el ruido de un teléfono inmisericorde que recordaba el momento, el lugar. Cansada, dejé que mi cuerpo cayera sobre la cama y que mis parpados, pintados de un verde hermoso, cubrieran mis ojos, hartos ya de tanto mirar. Creo que dormí, porque cuando tuve conciencia de que a mi alrededor había ruido jugueteaban en mi memoria un perro y varias hojas secas como las que vi anoche en el jardín cuando regresé a casa. Me levanté. Tenía el cuerpo acalambrado y la lengua seca. Terminé de vestirme y salí a caminar.

Busque en el cielo rastros de la luna que a las cinco de la tarde ya colgaba, indiferente, sobre un manto de tierra fría y hojas secas. Pero en el cielo no había nada. Ni siquiera estrellas. Sólo las luces de los faroles mal alumbraban el camino. Dejé atrás las casas de las familias de clase media, los Chevrolets, las cenas sobre las mesas, las familias frente al televisor, los gatos dormitando en las esquinas, las lámparas que alumbraban pasillos, las duchas que mojan los cuerpos. Me acerqué a la autopista.

Entonces comprendí que era inútil afanarse, que de nada valía ser buena, saber poner una mesa, no quejarse, no mostrar los miedos, saber complacer a un hombre en la cama, porque la hora ha de llegar, tarde o temprano.

Miré mis zapatos color oliva, lo único bueno que quedó del viernes, y me sentí orgullosa de ellos. Cruce la calle. Dudé un momento y luego caminé hacia el sur, de donde venían las luces. Cada paso que daba me alejaba más de la casa y me acercaba a ningún lugar.

Dejé que mi cuerpo descansara en un banco público. Una, dos, tres, cuatro, cinco personas caminaban frente a mí, seis, siete…

Sentí frío y mucho dolor en las cuencas de mis ojos, como si varios lagartos hubieran estado jugando en ellas.

Sí, es inútil. Inútil esperar ayuda, inútil buscar calor, inútil confiar. Inútil querer escribir poesía.

Me levanté. Seguí mi camino hacia el sur. Vi a mi paso plazas, parques, cafés, bares, esquinas…

Creo que estuve afuera mucho tiempo, porque mi cuerpo está cansado y mis ojos están llenos de frío.

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