Un extraño en mi mesa
sábado 18 de octubre de 2008
No me di cuenta en qué momento se sentó en mi mesa. Estaba tan entregado a la música que cuando preguntó si tenía cigarrillos me llevé un susto tan grande que casi salto del asiento. Saqué la cajetilla del bolsillo izquierdo de mi camisa y se la extendí. “¿Tienes fuego?”, dijo. La música iba muriendo y muchas parejas regresaban a sus mesas. Encendí su cigarrillo. Los últimos desgarros de un saxofón me impidieron escucharlo cuando dijo gracias.
Noté que llevaba el uniforme azul que usan los hombres que trabajan en el auto service de la esquina e instintivamente miré mi reloj. Eran las 12 y 15 de la madrugada. Siempre pasaba por ese lugar de camino a El Bar de Joe, pero nunca me detenía a mirar ni pensaba en esos hombres a los que la media noche sorprendía en el trabajo. Sólo veía uniformes azules que se movían de un lugar a otro. Nada más.
No le presté atención al extraño. Los días en que en El Bar de Joe hay música en vivo el lugar es un hervidero mucho antes de la media noche y no es fácil hallar sitios disponibles. Hay un acuerdo tácito entre los visitantes: los puestos vacíos son de quienes los necesiten. Por eso no es raro encontrar mesas con varias parejas que nunca se han visto la cara hasta esa noche. Y por eso tampoco me sorprendió que un desconocido se sentara en la mía. Me dispuse a disfrutar de la música sin darle importancia. Hacía meses que Joe no conseguía una orquesta tan genial ni que en su bar se sintiera la euforia que se sentía esa noche.
Desde una de las esquina del bar Alfred me dirigió un saludo con la mano izquierda mientras sostenía de forma torpe un vaso con la derecha. Busqué con la mirada a Susan y la encontré en la barra, tomando, casi es seguro, un whisky en las rocas. Volví la mirada a Alfred y le señalé hacia la barra. El levantó sus hombros en un gran “qué puedo hacer yo” que me provocó risa. Me detuve un momento en Susan. Esa noche estaba hermosa.
Una voz ensombrecida ahogó por un breve momento la música. Era el extraño que hablaba.
“¿Te gusta esa mujer?”.
“¿Qué? ¿Qué dices?”, dije, a pesar de que había escuchado bien la pregunta.
El extraño inhaló lo que quedaba de su cigarrillo, haló el cenicero, estrujó el Marlboro en él y repitió la pregunta, esta vez acercándose a mí y hablando más alto.
“¿Que si te gusta esa mujer?”, repitió.
Volví mi mirada a Susan, que ahora hablaba con un tipo gordo en la barra, y miré al extraño a los ojos. Le pregunté su nombre.
“¿Qué hombre no quisiera una mujer como esa, Henry?”, le contesté, “pero no es asunto tuyo si me gusta o no”.
El extraño replegó ambas manos sobre su pecho y echó su cuerpo hacia atrás. Tenía una mirada rápida y esquiva. La barba que empezaba a crecer en su cara y sus ojos entornados dibujaban en su rostro una extraña melancolía.
“Sólo hice un comentario, amigo. No era mi intención meterme en tus asuntos. Perdona”, dijo.
No contesté. Encendí un cigarrillo y no sé por qué le ofrecí otro a Henry. Dudó en tomarlo, pero lo dejé frente a él, junto al encendedor.
Volví a sumergirme en la música, en ese sonido que me hacía flotar. A mi alrededor la gente empezaba a enloquecer. En las esquinas y sobre las mesas las pequeñas luces de los cigarrillos resplandecían como estrellas en un cielo despejado. Por un momento tuve la sensación de que los latidos de nuestros corazones y ese desgarro del saxofón convertido en música eran lo único verdadero en toda la ciudad, que esas estrellas hechas de humo y cenizas eran las únicas estrellas de esa noche.
En la barra Alfred jugaba con la negra cabellera de Susan. A su lado ella parecía más pequeña de lo que realmente era. En todo el bar no había rastros del tipo que le pagó los whiskys a Susan.
La orquesta tomó su primer receso. De golpe, cada una de las voces que allí se encontraban se hizo realidad: un espeso murmullo ocupó todo el bar. Sólo el sonido de las botellas al chocar con los vasos era más fuerte que ese ruido humano.
Hice una seña a la camarera para que me trajera otro trago. Cuando Angie dejaba en la mesa mi whisky escuché que Henry pedía una cerveza.
“No estás en tragos fuertes esta noche”, le dije al extraño.
“El whisky trastorna mi cabeza”, dijo, “y hoy no quiero emborracharme”.
De repente sentí ganas de conversar, pero Alfred seguía en la barra con Susan y James aún no había llegado. Sólo el extraño parecía una opción. Me animé y le pregunté:
“¿Siempre vienes aquí cuando sales del trabajo?”.
Aún tenía la cerveza en su boca cuando le hice la pregunta. Terminó su trago, llevó la botella hasta la mesa y luego de unos segundos contestó que no. Dijo algunas otras cosas y según entendí momentos como este no abundaban en su vida. Era un hombre pobre y con familia. La idea de dejar en bares el mísero sueldo que ganaba no era de su agrado ni de su conveniencia.
“¿Y por qué estás aquí hoy?”.
Antes de terminar la pregunta ya me había arrepentido de hacerla. Soy de los que piensan que no se debe penetrar en las profundidades de los demás, pero Henry fue más rápido que yo y para mi sorpresa me contestó.
“Es verano. Creo que merezco por lo menos tomarme un trago en una noche de verano”.
“Y entonces ¿a ti también te gusta Susan?”
“¿Susan?”.
Le señalé hacia la barra.
“Ah, se llama Susan”, dijo y dejó salir una risa ahogada que no comprendí.
“¿Qué? ¿Qué pasa?”, dije.
“No, ella no me gusta, pero me recuerda a la mujer de un tipo que conocí hace años”.
“¿Era así de bonita?”, pregunté yo, casi seguro de que a Henry también le gustaba Susan. El volvió a reír de la misma forma ahogada.
“Sí, era así de bonita… y tenía su misma actitud”, dijo.
“¿Su misma actitud?”, pregunté con curiosidad.
“Perdona, no quise decir nada malo”.
Henry tomó una actitud a la defensiva que hizo que creciera mi curiosidad. No sé por qué pero me sentí fuerte ante aquel hombre que aún vestía ropa de trabajo y prefería la cerveza al whisky, aquel hombre al que yo le había dado mis cigarrillos. Hablé, y al hablar lo hice seguro de que mostraba mi superioridad ante él.
“No has dicho nada malo. Conozco a Susan, tal vez más de lo que yo quisiera, y sé a lo que te refieres, pero nunca pensé que hubiera otra mujer como ella en esta ciudad. Una ya es demasiado. Entonces ¿me cuentas qué pasó con esa mujer?”.
“¿Lo que pasó con ella?”, dudó unos segundos antes de continuar, “lo arruinó todo”.
“Las mujeres siempre lo arruinan todo”, dije mientras dejaba salir una risa burlona y golpeaba la mesa con mis nudillos para darle dramatismo a lo que para mí, más que una verdad, era una ley de vida: hay que estar preparado para el golpe que tarde o temprano te darán las mujeres, no importa si son madres, hermanas, esposas o hijas, simplemente te golpearán con todas sus fuerzas y sacarán ventaja de ello.
“Pero no como ésta, créeme, no como ésta”, insistió Henry.
“¿Quieres que te diga cuál es una mujer que lo ha jodido todo? Mi esposa. Me espera todos los días en casa con cara de malos amigos, me sirve una cena horrible en la mesa y luego no quiere hacer nada conmigo en la cama porque asegura que la engaño con todas. Esa es una mujer que lo ha jodido todo”.
“La mujer que tuvo mi amigo…”. Henry se detuvo de golpe. Se llevó a la boca lo que quedaba de la cerveza y colocó la botella vacía junto al cenicero.
“¿La mujer que tuvo tu amigo qué?”, pregunté un poco impaciente.
“No creo que quieras escuchar esta historia. Te aburrirías”.
“Vamos, cuéntame, quiero saber que existen mujeres peores que la mía, incluso peores que Susan”, dije y me reí con ganas, con verdaderas ganas, seguro de que Henry me contaría alguna triste historia de amor de algún compañero de trabajo. Los hombres que trabajan hasta tarde siempre tienen historias tristes que contar sobres sus mujeres.
Henry dudó unos segundos pero comenzó a contar.
-No tengo todos los detalles de lo que pasó, pero creo que …
…Brodie tenía 21 años cuando llegó a la ciudad, pero sus costumbres pueblerinas, sus cejas pobladas y sus ojos juguetones le daban una apariencia de adolescente. Era el tercero de tres hermanos y el único de su familia que había abandonado su pueblo para buscar suerte en la ciudad.
De un lugar tranquilo, donde nunca ocurría nada, pasó a vivir en una estrecha calle habitada por hombres y mujeres que trabajan en la parte oeste de la ciudad, donde están el muelle y la mayoría de las fábricas.
Los constantes problemas entre sus residentes convirtieron a los policías en habituales en el lugar y ya nadie se sorprendía de que en aquella calle hubiera peleas, se hicieran negocios ilícitos o se traficara con toda suerte de cosas. Sólo Brodie seguía abriendo mucho los ojos cuando se enteraba de los últimos acontecimientos.
Dos cosas tenía en su cabeza en aquel tiempo: conseguir una buena mujer –como le había recomendado su madre- y tener su propio negocio. Y para él ambas estaban relacionadas, no podía tener una sin la otra. Por eso tenía dos empleos y los fines de semana hacia trabajos extras en el muelle. Luego de tres años con este ritmo de vida logró alquilar un pequeño local en el centro de la ciudad, donde puso un almacén. Con muchos sacrificios y privaciones consiguió que a los dos años su negocio se estableciera entre los clientes del lugar. Fue en ese tiempo que conoció a Tatiana, una hija de emigrantes que además del nombre tenía el color de piel de las mujeres de aquella lejana tierra. No era alta, pero tampoco muy pequeña, tenía buen pecho, piernas firmes y una abundante y negra cabellera. Un golpe de suerte decidió que ella se convirtiera en la novia de Brodie: de los hombres que estaban la noche de aquel caluroso verano en el club él fue quien sacó el billete más grande para pagar la cuenta de Tatiana. Se casaron a los pocos meses.
Para cuando los rumores llegaron a sus oídos ya Tatiana había decidido marcharse con el joven alto y delgado que había llegado a la ciudad para hacer una pasantía en el hospital público y con el que salía desde hacía dos meses.
Pero Brodie no podía creer lo que la gente decía. Estaba consciente de que Tatiana era una mujer hermosa, quizás demasiado. Y conocía muy bien sus ambiciones y cómo se valía de su belleza para conseguir lo que quería. Sin embargo, confiaba en ella.
Pero un día las pruebas fueron demasiadas. Así que se sentó en su almacén, leyó y releyó las notas de créditos y los pedidos que tenía sobre su escritorio, ordenó las cajas de whisky una y otra vez y cuando el reloj marcó las diez de la noche se fue a casa. Lo presentía, por eso aquel día no quiso llegar temprano. “Por lo menos no se llevó a las niñas” fue su único pensamiento al comprobar que Tatiana lo había abandonado. Antes de los dos meses tuvo la primera noticia sobre ella.
“Dicen que se pasa las noches de bar en bar con un hombre que conoció cuando el doctor la abandonó”.
En esos dos meses la salud y el humor de Brodie decayeron con estrépito. De ser un hombre alegre ahora estaba casi todo el tiempo triste, de tomar alcohol sólo cuando iba a fiestas ahora se quedaba todas las noches, sentado en un sillón y mirando hacia la amplia e iluminada calle donde había comprado una casa para Tatiana y las niñas, agarrado a una de las botellas de whisky que llevaba al hogar después de trabajar.
Al tercer mes empezó a recibir notas de Tatiana. En ellas le pedía dinero y le hablaba de su arrepentimiento y la vergüenza que sentía, por eso no podía volver al hogar ahora–aseguraba- y por eso también le pedía que se vieran en las afueras, en un pequeño motel en el que ella le juraba que lo amaba y le pedía tiempo para que todo volviera a ser como antes. Así estuvieron cerca de un año.
Entre el alcohol y las nuevas exigencias de Tatiana poco a poco el dinero de Brodie siguió el camino de los que no regresan. Cuando quiso darse cuenta de lo que pasaba las hipotecas se habían tragado el negocio. Desesperado, viajó una noche hacia el motel donde ella se hospedaba y a pesar de que conocía muy bien la carretera se olvidó de aquel árbol grande que daba nombre al motel donde ahora se entregaba a ella. Tuvo que durar un año en terapia para poder recuperar el movimiento en sus piernas, aunque siempre lo acompañaría una ligera dificultad al caminar y una tristeza que en él parecía eterna.
La orquesta empezó a tocar de nuevo. Le pregunté a Henry si quería tomar otra cerveza y me dijo que no, que ya era hora de irse a casa. Vivía lejos y tenía que levantarse temprano.
“¿Qué fue de tu amigo?”, le pregunté.
“No sé, hace mucho tiempo que no sé nada de él. Alguien me dijo una vez que se había ido al extranjero. ¿Me das otro cigarrillo?”.
“Claro”, dije, y le extendí la cajetilla.
La orquesta tocaba su mejor pieza y me alegré. Esa música me gustaba. No sé por qué lo hice pero busqué con la mirada, a través de la puerta de cristal que da a la salida del bar, a Henry. Iba ya por la esquina y al doblarla me pareció que cojeaba ligeramente del pie derecho.
3 comentarios:
Sencillamente me encantó la historia, María.
Maria...Estupendo! me ha gustado mucho. tú también estás escribiendo mejor cada día.
Gracias por tu comentario.
Besos!
Con un nombre como Tatiana, quién no se cuida desde el primer momento?
Muy buen relato María. Felicidades!
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