sábado 17 de enero de 2009

Últimamente me ha dado con soñar con pendejá. Aunque creo que sería más fiel a la realidad decir que últimamente recuerdo casi a la perfección los disparates con que sueño. Como el sueño que tuve hace un rato. Una vaina loquísima. Fue algo más o menos así. Mientras leía el último libro que compré me fue entrando una modorra (tengo la malísima costumbre de leer acostada), contra la cual luché por un par de minutos y ante la que caí rendida con el libro todavía en las manos. Hasta que alguien me llamó por teléfono y el timbre me despertó. No me interesaba tomar la llamada así que ni siquiera me moví, ni cambié de posición. Sólo abrí mis ojitos, miré con odio mi teléfono (estaba en la mesita de noche, junto a mi cama,) e intenté dormirme de nuevo (cosa nada difícil para mí), y mientras caí nuevamente en la somnolencia comencé a recordar con lo que había estado soñando: con los diálogos del libro que leo.

Y así, sin estar despierta pero sin haberme dormido aún, o sea, en ese estado de semiinconsciencia, en ese momentito en que sabes que todo lo que está pasando por tu cabeza pertenece a ambos mundos (al de los vivos y al de los dormidos), pero que estás un chin más para allá que para acá, las imágenes de mi sueño volvieron a mi mente: estaba en alguna ciudad, sin nombre, pero con calles, esquinas, colmados y gente como los tiene la Zona Colonial. Yo caminaba por sus aceras, repitiendo los diálogos de mi libro. Y la gente me miraba y a mi me daba par de tres que pensaran que yo estaba loca y seguía diciendo muy bajito, como si rezara, los diálogos de mi libro. De vez en cuando me detenía a hablar con alguien y lo hacía siempre usando un lenguaje descarnado, real.

Yo decía frases como “todo es una mierda” o “de aquí no saldremos con vida” (creo que esa la dije en alguna conversación sobre la vida (así de estúpida estaba en mi sueño) o “cantinero, sírvanos más copas”. Recuerdo que esta última la dije sentada en la barra de un bar extrañamente parecido al antro de la Isabel La Católica, y que Isidro o Julio o cualquiera que estuviera del otro lado tenía un sombrero mexicano y por eso le llamaba cantinero, ¿o le llamaba cantinero porque el libro que leo habla sobre México? ¿De dónde saco que sólo en México hay cantineros? Bueno, no sé. Sólo sé que me volví a dormir, esta vez profundamente, creo, y que ahora soñaba con que había soñado los diálogos del libro que leo. ¡Que lio, me dije, mejor despertar! Pero no pude. Yo seguía soñando con los diálogos del libro que leo.

Los repetía mentalmente y a veces hasta en voz alta. A veces estaba sola en la barra del antro de la Isabel la Católica, a veces bailaba algún merengue en mitad del salón (en mi sueño usaba palabras así, decía salón en vez de pista, como les llamo yo, como buena dominicana, o como buena capitaleña), pero a veces repetía los diálogos bailando, horror de horrores, el pasito duranguense. Aquí me dije esto tiene que ser una pesadilla, tanto repetir los diálogos del libro que leo (que ahora que estoy despierta y consciente me doy cuenta que lo que menos hay en este libro es diálogos) y encima bailando el pasito duranguense. Esto es el colmo, me dije, pero para ese momento estaba otra vez en la barra, tomándome un trago de tequila.

Reconozco que últimamente he pensado mucho en México, y que hasta calculé que si me hubiera armado de valor para esta fecha estuviera en el DF y que ya le hubiera dicho a los pocos amigos que tengo por allá, hey, enséñenme el DF (o sea, muéstrenme los caminos del placer y la sabiduría del DF), aunque, si esto hubiera pasado y aunque hubiera convencido a mis pocos amigos dominicanos en el DF de que así lo hicieran, sé que al final lo hubiera hecho todo por mi cuenta, o lo que es lo mismo, lo hubiera cagado todo, o mejor dicho, cuatro o seis meses en el DF y otra vez para Santo Domingo sin siquiera haber visto el famoso ángel.

Porque yo soy así, un poquito estúpida, no mucho, sólo un poquito, y además tengo cierta fascinación por cagarlo todo. Hasta que la vaina no está bien jodida yo no la suelto. E incluso, cuando hablo con mis amigos, me gusta usar frases como loco, la cagaste o no hago esto o aquello porque sé que la voy a cagar cagá cagá. Así hablo yo, claro, me cuido de no decir estas cosas cuando estoy delante de la gente.

Aunque una vez solté un cañazo en pleno centro comercial y no faltó quien se diera la vuelta ante tremenda demostración de dominicanidad y a mi la sangre me subió a la cara de la vergüenza y agradecí que fuera eso lo que se me zafó y no otras linduras que desde que llegué a este país se deslizan de mi boca como si me hubiera criado escuchándolas. Porque en mi casa estaba prohibido decir San Antonios, so pena de que te pasaras la tarde escuchando los sermones de mi mamá o, peor aún, de que te castigaran y tuvieras que ir a misa todos los domingos. Nadie te decía cuando te levantarían el castigo, pero estaba implícito que hasta que no tuvieras una boca pulcra y limpia seguirías yendo a la misa de siete de la madrugada (porque los domingos, toda hora que esté antes de las diez de la mañana pertenece al glorioso reino de la madrugada).

Siempre me llamó la atención que un cañazo, que por sus connotaciones y consecuencias se me hacía más del lado del infierno que del cielo, tuviera un nickname de santo. Creo que una vez pregunté de donde le venia ese nombre, y creo que también me contestaron, pero hace de eso tantos años que no me acuerdo ahora la respuesta que me dieron.

De lo que sí me acuerdo es que delante de la única persona que podías decir un San Antonio (por lo menos yo) sin sufrir consecuencias mayores (bueno, sólo un pequeño recordatorio de que los niños que dicen malas palabras no van al cielo) era mi abuela materna. Por cierto, algún día me gustaría contarles su historia, esa santa mujer a la que la madre superiora (este nombre me suena extrañamente a novela mexicana (MEXICO OTRA VEZ) y me encanta) la devolvió de la puerta del convento con esta sentencia “usted no ha nacido para ser monja, usted nació para ser madre de familia”. Y mi abuela, que según cuentan ya estaba entradita en edad (me imagino que en los 20, pero estamos hablando de Villa Tapia, en mil novecientos quien sabe cuanto), se levantó el jevo que estaba más bueno en todo el Cibao. No era de Villa Tapia, creo que venía de Santiago o de por ahí, era medio bohemio y andaba entre los callejones de Los Limones y de La Guazuma cantando boleros, tocando guitarra y bebiendo ron con un grupo de tigueres de su misma calaña.

De todas las solteras se antojó de mi abuela, cuyo único requisito para aceptarlo era que fuera a misa todos los domingos y que dejara el ron. Dicho y hecho. Ni una gota más de alcohol. ¿Y quién creen ustedes que recogía las limosnas los domingos en la iglesia? Ramón Reynoso, el mero mero.

Hubo quienes se atrevieron a dudar del amor de Ramón por mi santa abuela y a algún degenerado se le ocurrió un día, en que todas las primas en edad casadera estaban reunidas, a regalarle una flor a cada una de las que él pensaba que sí se llegarían a casar. A mi abuela ni la miró. Pero ja, no contaban con la determinación de mi abuelo, que en vez de chocolates o regalitos desabridos cada fin de semana le llevaba a mi abuela materiales de construcción o dinero para que los fuera guardando. Todo con el propósito de construir su hogar. Y tituá, una galleta para todo el que dudó. Se casaron, por la iglesia, por supuesto, y trajeron al mundo seis muchachotes (ninguno abandonó el hospital donde mi abuela los trajo al mundo sin antes ser bautizados, así era ella) y estos le dieron catorce nietos (el pobre Ramón no llegó a conocer ni uno) y estos nietos, desparramados por toda la Capital y alguna ciudadela de Santiago, han tratado, dentro de lo posible, de no dejar caer el legado de bohemia que nuestro abuelo nos dejó en herencia. Pero bueno, cuando tenga tiempo les cuento bien la historia de mi abuela (con milagros y todo incluido, les digo que era una santa).

¿En qué iba? Ah, si, mi sueño. Pues eso, que repetía como una bobalicona los diálogos del libro que estoy leyendo. Los declamaba a la perfección. Pero ahora que estoy despierta sólo puedo decir de que van, repetirlos, no, ni loca. No me salen.
En algún momento de mi sueño comencé también a mezclar las imágenes de mi libro (en especial esa en que dos maricones bailan muy pegados en un bar) con unas de mis últimas incursiones al antro de la Isabel La Católica. O quizás no fue una de mis últimas incursiones, pero total, eran todas iguales. La cosa es que el antro de la Isabel La Católica estaba dispuesto tal como el autor describiera el bar en su libro, pero en vez de México era Santo Domingo, y no eran los maricones del libro que bailaban, sino otro maricón que conozco sólo de vista con, ¡oh Dios mío, que clase de sueño es este!, mi profesor de inglés, mientras alguien a mi lado hablaba de caldos de zopilote y peyote. Ahí me dije, no, tienes que despertar o lo próximo que verás segurito que será a tu jefe comiendo papitas con esa salsa que tan happy te puso (¿Qué se puede esperar de un producto cuya materia prima es la amapola, eh?).

Por suerte, o por mala suerte, nunca se sabe, mi teléfono volvió a sonar. Yo, masoquista al fin, quería seguir soñando con disparates, y volví a cerrar mis ojitos, no sin antes maldecir mi teléfono, e hice un esfuerzo enorme por volverme a dormir, pero esta vez el jueguito no me salió. Estaba más despierta que el carajo. Las estúpidas imágenes de mi sueño volvieron a mi cabeza, traté de repetir, sin éxito alguno, los diálogos de mi libro, hasta que me di cuenta que, por lo menos hasta la mitad del libro (lo que llevo leído), quizás hay uno o dos, tal vez tres diálogos, no más. Pero yo les juro que era con mi libro, con ese libro de tapa roja, tan roja como la sangre, con lo que soñaba.

Me puse a analizar mi sueño (no crean que para ver si daba con los números de la lotería, para esas cosas nunca he tenido suerte). Mi teléfono sonó de nuevo, esta vez dije, ok, veamos quien coño es que me llama, no sin antes pensar que debía escribir sobre este fucking sueño.

8 comentarios:

Víctor Manuel dijo...

Estás tremenda, Marie... Yo he tenido esos sueños literarios, también, pero tú has logrado convertirlos en un relato.

Mira, se lee prometedor lo de la chica desempleada, pero allí traté y no pude dejar comentarios.

Víctor Manuel dijo...

Por cierto, mira esto:

http://blackartemis.blogspot.com/2008/11/call-for-submissions-by-dominican-women.html

Creo que debes participar.

Franklin P dijo...

Buenísimo, como siempre. A ver cuando nos cuentas de tu abuela.

La Piedra dijo...

Paisano:
Por favor, ¿puedes darle publicidad en tu blog a este caso? Necesitamos de la ayuda de todos. Es urgentísimo. Dios te lo pague. GRACIAS.

ISABELLA DE LOS ÁNGELES
SECUESTRADA AL SUR DE MARACAIBO DE LA CASA DE SU ABUELA

LA PEQUEÑA TIENE SOLO 2.8 AÑOS DE EDAD, Y ACTUALMENTE TIENE PROBLEMAS A NIVEL RESPIRATORIO, BRONQUITIS SEVERA, SOLO PUEDE COMER CAMPROLAC PREBIO+1 CON NESTUM, O SOPAS LICUADAS, COMPOTAS O FRUTAS(GUAYABA, CAMBUR, ETC) MEZCLADOS CON LA LECHE Y EL NESTUM.

FUE SECUESTRADA POR DOS SUJETOS DE EDAD COMPRENDIDA, ENTRE 18 Y 22 AÑOS, Y AL PARECER SE LA LLEVARON EN UN COROLLA 93 O CORSA AZUL.

SI ALGUIEN SABE DE SU PARADERO COMUNICARCE AL:
0424-6230910
0261-7321521

Imagen de la niña:

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http://img18.imageshack.us/my.php?image=luis108jp8.jpg

Rosa Silverio dijo...

Mariaaaa, no te imaginas cuánto he disfrutado esta entrada. Esta es la segunda vez que la leo. La primera vez no pude dejar comentarios porque en ese mismo instante tuve que salir.

Me ha encantado. Te lo digo en serio. Eres terrible, mujer.

Abrazos.

Mafalda y Libertad dijo...

Hola Marie,yo aquí paseándome a ver si ya escribiste sobre tu santa abuela.....espero que le hagas honor al adagio "lo prometido es deuda",porque lo que es esta que escribe te la va a cobrar....
Estamos en contacto.
Mafalda.

Marie dijo...

Hola Mafalda

Te prometo que la escribiré, es una deuda que tengo conmigo misma y ahora también contigo, pero tenme un poquito de paciencia, please.

Abrazos.

mafalda&libertad dijo...

Marie, no sé como contestarte desde mi propio blog, por eso lo hago desde aquí.
Gracias por la sugerencia sobre los signos de puntuación, estoy trabajando en eso.

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